Llegado diciembre se aproxima uno de los grandes dilemas de la infancia. ¿Qué pedir a los Reyes Magos? Si has sido buena gente durante casi todo el año, si has cumplido con las expectativas en tus estudios, si has obedecido a papá y a mamá un número razonable de veces, qué menos que ser ambicioso y extender tus deseos a lo largo de una larga misiva a los genios de oriente. Más vale pecar por avaricia que por modestia.

Al fin y al cabo, lo más probable es que de lo pedido, en la mañana del día de 6 de enero aparezca una parte, la mitad siendo muy optimista, pero también cabe la posibilidad de que este año, si adoptamos un estilo firme en nuestra carta y ponderamos por lo alto nuestros méritos, obtengamos un pleno de aciertos y una recompensa generosa. Por qué no jugárnosla y apostar por lo alto. O mejor aún, por qué no traspasar el dilema a los magos y que sean ellos los que decidan, y se hagan responsables de nuestra frustración si lo que se cobija debajo del árbol no cumple las expectativas ni en cantidad ni en calidad.

Y pese a que los intermediarios de la casa intentan por todos los medios reducir la lista de regalos o, al menos, identificar aquellos que supondrán un acierto seguro que compense la falta del resto, empleando diversas técnicas, que van desde lo razonable “pero ¿qué es lo más te gusta?” “si tuvieras que elegir tres juguetes de toda la lista, ¿con qué te quedarías?”, a lo emocional, “si pides todo esto algún niño se quedará sin regalos este año”, e incluso recurriendo a la amenaza “al final, te traerán carbon por egoísta”, la clave es permanecer inflexible, dotando a todo de la misma importancia, sin ofrecer ninguna pista de nuestras preferencias. Al fin y al cabo, si se han ganado la categoría de magos será por algo, que sean ellos los que decidan. Y que se atengan a las consecuencias si no aciertan.

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