Contaba un familiar cercano una divertida anécdota de sus tiempos de estudiante cuando, llegadas las fiestas navideñas, sacaba unos ingresos atendiendo un puesto de bromas de esos que se colocan en muchas plazas y mercadillos y que son de visita obligada para familias con ganas de mezclarse con la muchedumbre que asola localidades grandes y pequeñas.

Pues una de estas familias guiada por lo que todo indicaba ser el hijo único y, posiblemente, nieto único, se plantó delante del puesto con la intención de identificar el cachivache perfecto para gastar la mejor broma a diestro y siniestro. Tras una rápida búsqueda el chaval se quedó prendado de la estrella de la temporada, del material por el que apostaban los aspirantes a bromistas en esos días de alboroto y algarabía. Ni más ni menos que una caca de plástico, muy realista ella con su forma y color que haría confundir a todo hijo de vecino en la calle o en lugar público. Hecha la elección, el niño empeño todo su esfuerzo en ser contentado con la adquisición de semejante guarrada. 

Valiéndose del poder otorgado al hijo único por abuelas deseosas de agradar, el mocito insistía en que la elección ya estaba hecha y ninguna otra alternativa era válida, ni chicles con sabores repugnantes, ni trampas en el ojal para regar narices curiosas, ni pelucas desternillantes o caretas monstruosas. Pese al espanto de la abuela, que parecía ser la financiadora de la compra, lo que el niño quería era la caca. 

Tras unos minutos en los que la abuela empleó toda su argumentación, seguramente muy razonable, para hacer desistir al infante de su elección, ofreciendo beneficios adicionales, buscando cómplices que confirmaran el error de quedarse con la caca, entre ellos el propio vendedor que contemplaba encantado la escena, la paciente mujer no tuvo más remedio que dar su brazo a torcer cuando el nieto terminó la discusión con una frase épica y demoledora. “Yo quiero la mierda y punto.”

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